
Como bosques talados, como ciudades tristes, como mesas desnudas, como playas desiertas, como pasan jadeantes los perros, como pasa el aire, como pasa el día, como quedan prendidas, engarzadas las horas, como ropajes de duelo extendidos, vacíos, polvorientos, marchitos, ¿dónde el fulgor, dónde el brillo, dónde la llama viva, la lejanísima incandescencia, dónde el tránsito, dónde la errabunda espera, dónde la alborada, dónde el dónde, dónde el allá?
Se llevarán todas mis pertenencias, todas las ofrendas. Las que llegaron alzadas en guirnaldas y gajos, las que caían prodigándose, las que quedaron en suspenso, las rezagadas para largas fatigas, las de forma aprendida, roce estable. Llegarán batallando por encima de las cosas, por encima de viejos tanteos, olvidados tantos, rodando por tierra los destrozos, el ovillo apenas comenzado, la perla apenas engastada. Llegarán feroces, llegarán con odio, llegarán con desprecio proclamando el vacío. Me irán despojando de todo: punto, gesto, voz.
Antonia Palacios, Textos del desalojo. Monte Ávila, 1978.

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