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9.1.08

El cuerpo humano se revelará tal cual es:/ un manojo de raíces/ tirando en todas direcciones


ÁNGEL DE LA GUARDA
La abuela hablaba de él con frecuencia.
De su protección
en beneficio nuestro,
en aquellos días oscuros e infernales.
Estaba segura de que me apartaría
del camino del mal.
También confiaba
en que alguna vez yo lo vería.
Olvidé preguntarle
si lo reconocería de inmediato,
o si él se me revelaría
cuando llegara el momento apropiado.
Hasta la fecha,
estudio de cerca a mis vecinos.
Incluso miro subrepticiamente
el espejo en que me rasuro.


LA INFANCIA DE PARMÉNIDES
Por preguntar, ¿por qué existe algo
en vez de nada?
el maestro envía al mozalbete
con el director de la escuela.


LA HORA de los poetas menores está cerca. Adiós Whitman, Dickinson, Frost. Bienvenido tú, cuya fama nunca llegará más allá de tus familiares más cercanos, y de uno o dos buenos amigos reunidos después de la cena en torno de una jarra de fiero vino tiento.. mientras, los niños comienzan a dormirse y a quejarse por el ruido que haces al revolver los roperos en busca de tus viejos poemas, temeroso de que tu mujer pueda haberlos tirado la última vez que hizo la limpieza.
Está nevando, comenta alguien que escudriñaba la oscuridad de la noche, y luego voltea hacia ti en el instante en que te dispones a leer, de manera más bien teatral y cada vez más ruborizado, ese largo poema de amor, lleno de divagaciones, cuya última estrofa (desconocida para ti) se ha perdido irremediablemente.


FÁBULA
En mi favorita
la zorra insiste
en que el cuervo cante.
Este está sentado
sobre un roble muerto
rodeado por hectáreas de nieve.
La noche invernal,
excepcionalmente fría,
llena de sombras, impone silencio.
Sabemos que el cuervo
cierra los ojos
para afinarse.
La zorra se marchó hace rato
con su apetitoso premio.
Ah, pobre pájaro de obituario,
cantando hasta desgañitarse, sollozando también
-y podría ser peor.


HABÍA CONFUNDIO los personajes en la larga novela que estaba escribiendo. Olvidó quiénes eran y qué hacían. Una mujer muerta reaparecía a la hora de la cena. De pronto un vendedor de puerta en puerta salía de una casa-remolque en el campo vistiendo batas chinas. El día en que supuestamente el asesino iba a ser electrocutado, andaba comprando flores para una tal Rita, quien resultaba ser una niña de diez años con trenzas y gruesos anteojos.. Y así seguía.
Sin embargo, nunca hizo nada por mí. Yo seguía envejeciendo, cada vez más gruñón, como se suponía que tenía que ser, en un miserable pueblito que él siempre describía como "muerto" y "casi inexistente".


Charles Simic, El sueño del alquimista. UNAM, 1994.

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La libertad está en otra parte/ aquí sólo veo destierro Lear, Shakespeare, (tr. Nicanor Parra)