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17.1.08

Mi vida durante la vigilia, tiene mucho de la confusión, la agitación y la oscura perplejidad de un mal sueño.



SOBRE LA MELANCOLÍA DE LOS SASTRES




Esta introspección característica en ellos es tan notoria que me sorprende que ninguno de los escritores que han tratado expresamente la melancolía la haya mencionado. Es extraño que Burton, cuyo libro es un excelente compendio de todos los autores que le han precedido y que aborda todas las especies de esta enfermedad, desde la hipocondriaca o ventosa hasta la heroica o la melancolía de amor, la haya omitido. El propio Shakespeare la soslayó: "No poseo ni la melancolía del erudito- dijo Jacques-, que es imitación; ni la del cortesano, que es orgulloso; ni la del soldado, que es política; ni la del amante, que comprende todas las anteriores", y entonces, cuando uno podría esperar que lo trajera a colación: "ni la del sastre, que así y asá", finaliza su enumeración y no llega a definir su propia melancolía.

Milton la ha omitido de la misma manera, teniendo tan magnífica oportunidad para mencionarla en su Penseroso.



CONFESIONES DE UN BORRACHO



La disuasión del uso de los licores fuertes ha sido el tópico favorito de los declamadores sobrios de todas las épocas y ha sido recibida con abuandancia de aplausos por parte de los críticos aficionados al agua. Pero desafortunadamente en el paciente mismo, en el hombre que ha de ser curado, su sonido rara vez ha prevalecido.

[...]

Es a una descripción muy distinta de personas a las que me dirijo. Es al débil, al nervioso, a aquellos que sienten la necesidad de una ayuda artificial para levantar sus espíritus en sociedad a lo que no es sino el nivel ordinario (sin ayuda alguna) de todos los que les rodean. Éste es el secreto de nuestra afición por la bebida.

[...]

Ahora, el primer sentimiento que me acosa, luego de prolongar las horas de reposo hasta el último extremo posible, es un pronóstico del fatigoso día que me aguarda, junto con el secreto deseo de poder seguir acostado o de no haber despertado jamás.

Aunque mi naturaleza nunca se sintió especialmente adaptada al trabajo, lo consideraba de cualquier manera como algo necesario y que había que cumplir y, por lo tanto, lo emprendía con alegría. Siempre lo hacía con presteza. Ahora temores y preocupaciones me abruman; invento todo tipo de razones para desalentarme y estoy dispuesto a abandonar una ocupación que me brinda el pan a causa de una atormentadora fantasía de incapacidad. Él más sencillo encargo que pueda hacerme un amigo o cualquier pequeño deber que tenga que realizar yo mismo, como transmitir órdenes a un comerciate, etc, me abruma como si fuera una labor imposible.



PORCELANA ANTIGUA



- Una compra no es más que una compra ahora que tienes el dinero suficiente y hasta de sobra. Antiguamente solía ser un triunfo. Cuando apetecíamos un lujo barato (y ¡oh, cuánto trabajo me costaba obtener tu consentimiento entonces!), solíamos debatirlo dos o tres días antes y pesar el pro y el contra, y pensar de qué podríamos privarnos por él, y qué ahorros podríamos hacer que fueran equivalentes. Entonces valía la pena comprar algo, cuando valorábamos el dinero que pagábamos por ello.

¿Te acuerdas del traje marrón que tú hiciste durar hasta que todos tus amigos gritaron que era una vergüenza de tan raído que se había puesto, y todo por ese infolio de Beaumont y Fletcher que arrastraste a casa, a altas horas de la noche, del comercio de Barker en Covent Garden? ¿Te acuerdas cómo lo miramos semanas enteras antes de resolvernos a adquirirlo y no llegamos a una decisión hasta que ya eran cerca de las diez de la noche del sábado, cuando tú saliste de Islington temiendo llegar demasiado tarde, y cuando el viejo librero, refunfuñando, abrió la puerta de su tienda y con la parpadeante vela (pues estaba por acostarse) iluminó la reliquia entre sus polvorientos tesoros, y cuando tú lo metiste a casa, deseando que fuera el doble de pesado, y cuando me lo presentaste, y cuando estábamos explorando su perfección (cotejándolo decías tú) y, mientras, yo reparaba con engrudo alguans de las hojas sueltas que tu impaciencia no permitía que se dejaran hasta el alba?




Charles Lamb, Sobre la melancolía de los sastres. UNAM, 2004.

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La libertad está en otra parte/ aquí sólo veo destierro Lear, Shakespeare, (tr. Nicanor Parra)