De haberme preguntado por mi padre entonces -los años que vivió en un portal, en un asilo, en el recinto de un cajero automático-, habría respondido: Murió, Desapareció, o No sé dónde está. Diría lo primero que se me pasara por la cabeza, y sería verdad. No lo conozco, habría contestado, mi madre lo dejó poco después de que yo naciera, o justo antes. pero esa historia no se mantuvo tiempo en pie. Empezó a tambalearse.
Si pudiera condensar esos años en un concurso de televisión lo llamaría Motivos justificados. Tema de hoy: "Los padres pudriéndose en la calle.". Y ahí estoy yo, con un traje que no me queda bien junto a otros tres o cuatro concursantes, con aire contrito o desafiante o inescrutable bajo unos focos que dan aspecto de cadáver. En determinado momento, después de contar una versión abreviada de mi historia, el presentador sacará a mi padre a escena y celebraremos una especie de reencuentro familiar, en la televisión estatal, mientras la cámara recoge en un barrido las reacciones del público del estudio. Antes de pasar a una pausa publicitaria aparecerá un cartel debajo de mi cara: Deseaba que su padre hubiera muerto.
Muchos padres desaparecen. Unos se van, a otros los dejan. Los hay que vuelven, desconocidos y hambrientos. Sólo el perro se acuerda de ellos. Y cuando están, a muchos no se les ve el pelo en todo el día, tienen trabajos que sus hijos apenas entienden. Van a la oficina, a la tienda, se encierran detrás de una puerta, girtan al teléfono, se ponen ropa de trabajo, hojean pornografía en camionetas. El carpintero. El electricista. Se presentan en casa de desconocidos. Una mujer en bata les abre la puerta, los inivta a sentarse con ella a la mesa, les ofrece café y un trozo de tarta, hablan del trabajo por hacer. Por la noche no reconocerá el cuarto de baño, pomete él. El lunes empezaremos por el tejado. Otros pasan la jornada mano sobre mano, echándose al coleto algún que otro trago en la leñera. Muchos se dirigen a otra ciudad, pra hacer el amor con una mujer que llevan años frecuentando. Algunos siguen increpando a sus hijos desde la tumba, de otros no queda sino una gastada fotografía. Hay hijos que sienten la necesidad de exhumar el cadáver, otros se conforman con un nombre escrito en el registro. Alguno pasa en coche por la casa donde el padre vivió de niño, aparca justo enfrente, otros juran que encontrarían la paz si pudieran verle la cara una sola vez.
Dentro de unos años celebraremos sus funerales, leeremos los nombres de aquellos que recordamos, aunque sólo sea para combatir nuestra propia desesperación, nuestra sensación de impotencia. Haremos doscientas cruces en mi piso, las pintaremos de blanco, escribiremos en cada una el nombre de algún muerto, las clavaremos en el parque una noche: cementerio instantáneo.
Ese tipo se acerca a una mujer en un bar y empieza a darle rollo. Al cabo del rato, la mujer dice: Ni te has enterado de quién soy, ¿verdad? Y el, pensando que a lo mejro es famosa, le pregunta, ¿Es que tengo que saberlo? Ella contesta: Pues claro que tienes que saberlo, cabrón, te casaste conmigo.
Tiene delante mi historial médico, que acabo de rellenar en la sala de espera. Si quiere, puede leer que mi madre acaba de quitarse la vida. ¿Que cómo me va? Afirma con la cabeza. Sonrío mientras le doy vueltas a la pregunta en mi cabeza. Empiezo a decir que en realidad la pregunta está fuera de lugar, pero antes de terminar empiezo a reírme, y no paro, con una risa que se alimenta de sí misma. ¿Que cómo me va? Lo mismo podría preguntarme: ¿Tiene usted otra china en el zapato? O si no: Aparte de eso, señora Lincoln, ¿qué le ha parecido la representación?
Te pasas el tiempo tratando de ser invisible, haciendo como que esperas a alguien, como si no llevaras horas allí sentado, en aquella mesa, procurando que no se te acabe el café, lo alargas todo lo posible, porque cuando se termine, te quedarás sin motivo para estar allí.
Nick Flynn, Otra noche de mierda en esta puta ciudad. Anagrama, 2007.

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