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23.8.07

El eterno juego estúpido al que no podía dejar de prestarme, egomaniaco masoquista que había encontrado la pareja ideal.


  • Yo dejé de verla y un día supe que se había casado. Pensé en ella un momento como algo hermoso e irrecuperable y no traté de averiguar nada más. Mucho después volví a encontrarla en una tarde de lluvia como ésta, mientras yo atravesaba corriendo la Reforma. Me subí a su coche y nos fuimos a tomar un café. Mis padres habían regresado a Guanajuato y yo vivía con Mario en un departamento viejo, helado, apestoso y lleno hasta el tope de nuestras porquerías: libros, reproducciones, recortes de revistas, fotografías antiguas.

  • Las tardes interminables en que yo trataba de hacerla gozar y el olor revuelto de nuestros cuerpos después de hablar horas enteras en la cama con las piernas entrelazadas, manchando con cenizas las sábanas. "A veces no siento nada. Es inútil. Simpre me ha pasado lo mismo. Estoy mal". Siempre ¿con quién? Pero luego, con el sudor revuelto, me rodeaba la cintura con las piernas y yo la buscaba por dentro y después de revolverse y quejarse y suspirar se aflojaba al fin y murmuraba "gracias, gracias por esperarme".

  • Al principio pensé que tenía los labios demasiado delgados y en cierta forma era una desilusión, pero de pronto ella me metió la lengua en la boca y se apretó contra mí y me olvidé de todo. La desnudé allí mismo, la lleve al cuarto y me desvestí mirándola mientras ella se acariciaba. El pasado, el presente, todos los años que había vivido tranquilo, sin pensar jamás en Cecilia.

  • Tuve que decirle que al principio sólo quería acostarme con ella y me contó detalladamente con quiénes y cómo se había acostado. El resultado fue que ninguno de los dos nos lo perdonamos nunca, y eso no lo confesamos.

  • Yo debería haberle hablado durante uno de nuestros paseos por el Parque México y deberíamos habernos casado entonces, cuando teníamos quince años, y tener ahora los diez hijos que ella decía, aunque nos hiciéramos viejos prematuramente. Entonces la necesitaba ya y entonces las cosas hubieran salido bien. A cualquier edad se puede necesitar a una persona, antes de tener experiencia, antes de tener nada y yo la quería como ahora, tal vez mejor que ahora. Cualquier cosa es mejor que una necesidad que nunca es satisfecha.

Juan García Ponce, Tajimara. UNAM (Voz viva de México).

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La libertad está en otra parte/ aquí sólo veo destierro Lear, Shakespeare, (tr. Nicanor Parra)