- A la hora de la caída de los cuervos -comentaba Juan Manuel- no es raro que alguna turista portuguesa se arroje desde un balcón del octavo piso del hotel Tamerlán, o que un diplomático escandinavo de excursión por la ciudad comience también él a graznar, a mover los brazos y a aletear, a dar saltos en un intento de remontar el vuelo, hasta que llegue un enfermero y lo conduzca al sitio donde le aplicarán la imprescindible inyección sedante.
- Es el graznido feroz que emite el cuervo -proseguía yo- en el momento de ser descuartizado. Porque allá, a la hora del crepúsculo, ves caer de los árboles, como frutos descompuestos, pájaros desventrados con las alas quebradas, fragmentos de cabezas, de patas, una nube de plumas, ¡un espectáculo, te lo juro, del carajo!, mientras arriba, en las espesas frondas, los sobrevivientes saltan amedrentados de rama en rama o se agazapan en un intento de mimetización sin atreverse siquiera a emprender la huida.
Sergio Pitol, Nocturno de Bujara, UNAM (Voz viva de México).

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