La biografía de un escritor: los problemas de adquisición del lenguaje en la infancia, la adolescencia con pocos libros, su servicio en el ejército, el final de la guerra, la primera pareja, el trabajo como vigilante, la escritura de las novelas, el encuentro con su editora, la renuncia de la fama, el contacto postrero con su familia. La narración de cientos de asesinatos, la torpeza policial en la investigación de los mismos, la corrupción mexicana, un profesor chileno y su hija, un reportero negro, cuatro investigadores literarios. Múltiples ciudades y personajes, historias emergentes, tramas enlazadas.
Mil ciento diecinueve páginas son el cuerpo de 2666.
Representan la lucha contra lo disperso. Bolaño parece decirnos que nada está alejado, que todo se comunica.
La percepción que tenemos quizá sea un espejo roto: múltiples imágenes mostrándonos la diversidad, fragmentos que delatan la multiplicidad de ángulos posibles de la visión.
La incoherencia no como la identidad de un escritor sino como la búsqueda por abolir lo unívoco.
2666 como un coro, como un mural, como la experencia de que ningún hecho está aislado de la cadena de sucesos que forman la historia, esa puta sencilla, [que] no tiene momentos determinantes sino que es una proliferación de instantes, de brevedades que compiten entre sí en mostruosidad.
La última novela de Bolaño representa un esfuerzo por enfrentarse a las concepciones totalizadores, una negación de las obras redondas, perfectas y coherentes, un golpe a los escriotres profesionales y nulos. Y es aquí donde germina la contradicción: este libro se convertirá en un clásico, en un texto que los académicos necesitarán uniformar.
Una obra imperfecta, torrencial, que se abre camino en lo desconocido será achatada por los profesores en busca de la Coherencia, le amputarán: la lucha contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.

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