A Faustino no le gusta el soccer.
Pero ayer durante la fiesta del Andréi, me entregó su particular teoría de la alineación del Turno:
"Al principio era un cuadro con jugadores nacionales, donde Natalia era lo más brillante: desbordaba, enviaba endiablados pases filtrados. La directiva después de una racha de malos resultados decidió incluir a jugadores extranjeros en la nómina.
El primero fue el búlgaro Ánuar. Un tipo que se siente cómodo por la banda izquierda. Resistente y con gran visión de campo. En su estampita del álbum del mundial aparece con un peinado transilveriano (por lo menos como Coppola lo entiende).
Ánuar recomendó al Andréi, un carioca que después de varias lesiones había quedado sin equipo. Un jugador que se divierte en la cancha. Aunque cabe decir que roza una felicidad perpetua. Hay una anécdota de él en el club, durante una gira de pretempora no fue llamado a un juego. En el hotel notó que sus compañeros no estaban. Hizo una búsqueda rápida tras la cual se sentó en una silla del bar. En el televisor comenzaron a transmitir el partido del equipo. Se rió. Disfrutó el partido como si él estuviera en el campo, aunque al final pensó que era un poco menos cansado jugar que estar observando el partido rodeado de botellas de cerveza. En su estampita aparece con los ojos cerrados y con una mueca que a los niños coleccionistas les gusta calificar de monstruosa.
Jorge Sosa pasó en un fichaje que a la afición le pareció mala. Un rumano sin mucha fama y por lo tanto con una reputación dudosa. El creativo, el hombre que durante el partido permanecía flotando, sin correr. Los niños coleccionistas atesoraban su foto, era tan valiosa como la de Hagi. Alguna vez fue la imagen publicitaria de una marca deportiva, la frase final era: Play like a zombie, play like me.
El entrenador del club pensó en otro brasileño: Janik. Hubo un problema, desde el inicio tuvo el síndrome Mohamed, pero sin magia. Janik conocía a un contención paraguayo: Jorge Posada. Un mono al que no le creías que supiera jugar hasta que tocaba el primer balón en la cancha. A partir de ese momento todo era entrega y fortaleza. Cuando los niños coleccionistas lo recuerdan lo hacen así: "El loco que después meter el empate en cuartos de final cometió una falta estúpida para que los ingleses pasaran a semis".
El caso de Oliver es excepcional. "El Güero" llegó a las puertas del club aduciendo que era profesional, sacó de su maletín unos recortes donde aparecían viejas fotos de él jugando en Polonia, en un cuadro local, donde sufrío la fractura de ambas rodillas. El entrenador lo dejó probarse, más por burla que por una curiosidad real. Pronto demostró su valía. Atacante con buen cabeceo y una serenidad apabullante. En las estampitas tenía un rostro de miedo, que en alguna entrevista explicó: lo que sucedía era que en mi selección había la costumbre de que al anotar un gol, uno se despojaba de la camiseta. Tengo en todo el pecho un tatuaje que dice: Mami te quiero un chingo, tu güero. Sabía que el Posada estaría viendo el partido y que a partir de ese momento no dejaría de fastidiar."



