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3.8.08

A Faustino no le gusta el soccer.
Pero ayer durante la fiesta del Andréi, me entregó su particular teoría de la alineación del Turno:
"Al principio era un cuadro con jugadores nacionales, donde Natalia era lo más brillante: desbordaba, enviaba endiablados pases filtrados. La directiva después de una racha de malos resultados decidió incluir a jugadores extranjeros en la nómina.
El primero fue el búlgaro Ánuar. Un tipo que se siente cómodo por la banda izquierda. Resistente y con gran visión de campo. En su estampita del álbum del mundial aparece con un peinado transilveriano (por lo menos como Coppola lo entiende).
Ánuar recomendó al Andréi, un carioca que después de varias lesiones había quedado sin equipo. Un jugador que se divierte en la cancha. Aunque cabe decir que roza una felicidad perpetua. Hay una anécdota de él en el club, durante una gira de pretempora no fue llamado a un juego. En el hotel notó que sus compañeros no estaban. Hizo una búsqueda rápida tras la cual se sentó en una silla del bar. En el televisor comenzaron a transmitir el partido del equipo. Se rió. Disfrutó el partido como si él estuviera en el campo, aunque al final pensó que era un poco menos cansado jugar que estar observando el partido rodeado de botellas de cerveza. En su estampita aparece con los ojos cerrados y con una mueca que a los niños coleccionistas les gusta calificar de monstruosa.
Jorge Sosa pasó en un fichaje que a la afición le pareció mala. Un rumano sin mucha fama y por lo tanto con una reputación dudosa. El creativo, el hombre que durante el partido permanecía flotando, sin correr. Los niños coleccionistas atesoraban su foto, era tan valiosa como la de Hagi. Alguna vez fue la imagen publicitaria de una marca deportiva, la frase final era: Play like a zombie, play like me.
El entrenador del club pensó en otro brasileño: Janik. Hubo un problema, desde el inicio tuvo el síndrome Mohamed, pero sin magia. Janik conocía a un contención paraguayo: Jorge Posada. Un mono al que no le creías que supiera jugar hasta que tocaba el primer balón en la cancha. A partir de ese momento todo era entrega y fortaleza. Cuando los niños coleccionistas lo recuerdan lo hacen así: "El loco que después meter el empate en cuartos de final cometió una falta estúpida para que los ingleses pasaran a semis".
El caso de Oliver es excepcional. "El Güero" llegó a las puertas del club aduciendo que era profesional, sacó de su maletín unos recortes donde aparecían viejas fotos de él jugando en Polonia, en un cuadro local, donde sufrío la fractura de ambas rodillas. El entrenador lo dejó probarse, más por burla que por una curiosidad real. Pronto demostró su valía. Atacante con buen cabeceo y una serenidad apabullante. En las estampitas tenía un rostro de miedo, que en alguna entrevista explicó: lo que sucedía era que en mi selección había la costumbre de que al anotar un gol, uno se despojaba de la camiseta. Tengo en todo el pecho un tatuaje que dice: Mami te quiero un chingo, tu güero. Sabía que el Posada estaría viendo el partido y que a partir de ese momento no dejaría de fastidiar."

23.4.08

A un adolescente en un árbol. Coacalco, Edo. de México


Escribir es como jugar al tetris. Alguien arroja palabras y según nuestra experiencia las ordenamos. Mantenemos por algún tiempo la ventaja.



Obsesionarme con el muchacho que fui a los quince es como inflar un globo infinito. Lo recuerdo desnudo entre los cuerpos mojados de sus primos.



Decir que la feliciad es un baile es apostar a la cadencia, a los pasos aprendidos. La felicidad sería una coreografía, mientras mejor se repita, más sonrisas prodigaremos.

22.4.08

Blaia


Ser punk era tener un plan B. Ahora que lo pienso, no había otro secreto. Ser punk era tener un plan B incluso como alternativa al punk. Ser punk significaba, contra todas las expectativas, elegir el plan B, vivir en la B, hacer de eso una causa. Habitar el punto ciego de la foto familiar, y que ese estar fuera de foco fuera la tierra más lejan.
A esta conclusión llegamos una tarde de 1983 mientras Mick Jones cantaba Stay free.



Un topo cava un pozo que atraviesa una ciudad de trescientos mil habitantes en un tercio del tiempo que una pareja emplea en buscar razones para seguir juntos. Si tenemos en cuenta que el topo hace el trabajo solo y la pareja se reencuentra después de un par de semanas ¿qué diámetro debería tener el túnel para garantizar una salida sin problemas? ¿en qué piensa cada uno después de haber hecho el amor?



En un estante perdido de la biblioteca popular Bartolomé Mitre di un día con un libro cuyo extravagante (y desafortunado) título era ¡Zoomática! con signos de admiración. El uso de los signos pretendía, supongo, provocar en el lector un entusiasmo espontáneo y febril, el mismo que parecían experimentar los animalitos de la portada: un topo, un papagayo, tal vez una jirafa, presos todos de una excitación que a mis ojos era totalmente inexplicable. Hago memoria y recuerdo que el topo hacía la V de la victoria. Creo haber dudado acerca de si el topo hacía la V de la victoria o si en realidad había sido dibujado con tan sólo un par de dedos en la mano, de modo que al pobre roedor no le quedaba otra que vivir condenado al optimismo. Recuerdo haber copiado en un cuaderno alguno de los problemas imposibles. Recuerdo también que el pie de imprenta decía 1973.


Marcelo Díaz.


Animales distintos. Arlequín et al, 2008.

21.4.08

Detrás del muro sólo hay muñeco de nieve. Jorge Posada, SLP.


Al despertar encuentro frases que parecieran no tener sentido. ¿Cuándo he visto nevar? ¿Cuándo tendré la certeza de que unos niños armaron un muñeco detrás de un muro? Quizá, sea un recuerdo de un relato de Andersen, una historia tristísima, allí había también un perro y una caldera, el temor a la intemperie, a envejecer. Pero esto es una explicación torpe. La frase simplemente se me presentó en el cerebro y ya.


Me gusta escribirte, me gusta saber que tú no has alcanzado mi edad. Que permaneces como ese niño que temblaba frente al pizarrón y que a veces en el sanitario de la escuela orinabas el piso y las paredes. Tienes la edad donde comencé a desconfiar de las personas, a evitar su contacto. Te imagino con el uniforme (suéter azul y pantalón gris) y con tu rostro casi triste. Sé que esperas los jueves para encender el radio y escuchar la música que según el locutor escuchan los jóvenes de la capital. Me inquieta saber si aún conservo algo de ti.


También le escribo cartas a otras personas. Hay una muchacha a la que no he visitado en años y a la cual le dedico algunas líneas cuatro veces a la semana. Ella me contesta con algunos días de retraso, la imagino pensar lentamente cada palabra, reírse al saber que yo entenderé alguna de sus alusiones. Hay dos mujeres con las que mantengo una correspondencia telegramática, como si nos comunicáramos a disparos, con balas que nunca dan en el blanco.


Pienso en mi edad. Y sí, lo más demoledor es escuchar en una estación de adultos contemporáneos a Nirvana. Como si mi adolescencia se pudiera resumir en tres minutos y con un comentario patético al final: "Bien amigos, este fue uno de los éxitos de 1992, In bloom, espero que les haya traído buenos recuerdos". Carajo, ¿qué tiene en la cabeza alguien que dice algo así? ¿Qué muchacho a los doce años y que le gustara el grunge podría pasarla bien? Tal vez me instalo en el papel que realicé a esa edad: paranoico depresivo sin ningún antecedente.


Ahora me retiro
JP.

Autorretrato


Desgraciadamente, no basta, no.
No es mala cosa ser un respetable padre de familia,
ni pagar religiosamente los impuestos.
ni entregarle tu abono mensual a la oscura cajera de una empresa (yanqui).
Ni darle veinte centavos de propina al que te limpia los zapatos.
Ni saludar ceremoniosamente al engolado señor a quien detestas.
Ni rodearte de libros, de cuadros, de discos.
No, no es mala cosa, no. Pero no basta. No es suficiente.
Tú quieres más. ¿O quieres menos?
Y emborrachas cuaderno tras cuaderno.
Hay algo en ti, una raíz oscura que se enrosca en tus células, y te sorbe la savia, y te angustia, te llama.
Hay algo en ti. Algo que quieres tratar de hacer, que a veces haces, sin que nadie te exija, te pida que lo hagas.
¿Por qué, entonces, te gangrena la sangre una raíz extraña?
¿Por qué quieres hacer aquello para lo que, seguramente no estás dotado?
¿Por qué escribes?
¿Para qué?
¿Para quién?
¿Quién te impulsa, te obliga?
¿Quién te llama?
No, no basta ser un excelente padre de familia para ser un poeta.
Ni pagar los impuestos. Ni ser de izquierda, de derecha o de centro.
Desgraciadamente, no basta, no.
Así emborrones los pliegos por millares. Así publiques tus versos por millones.
¿Por qué no te arrancas de cuajo la oscura raicilla?
¿Por qué no dedicas más horas a jugar con tus hijos?
¿Por qué no te lustras tú mismo los zapatos?
¿Por qué no, carajo?


ESPAÑA 1961


Quizá lo mejor hubiera sido meter la cabeza en el agua del lavabo hasta asfixiarnos,
o acercarnos al potro de belfos temblorosos y dejar que sus cascos nos moliesen el cráneo,
o machacarnos el corazón con una piedra como si fuese acaso la peor alimaña.
Porque ni queremos a Dios sobre todas las cosas,
ni esperamos diplomas el día en que la muerte
se nos vuelva de pronto nuestra hermana carnal.
Hemos vivido siempre entre las ruinas
y las ruinas se fueron haciendo de nosotros
y nuestro cuerpo es hoy una nube de polvo
que corre y se desplaza, y que gime las horas,
y que tropieza y grita por las playas.


Porque no queremos la compasión de nuestros hijos
ni la simpatía del Hombre
o el perdón de los tiranos.


Quizá lo mejor hubiera sido
machacarnos el corazón con una piedra como si fuese acaso la peor alimaña.


César Rodríguez Chicharro. UNAM, 1990.

18.4.08

Jorge Posada. Al mirar los muros de una iglesia. S.L.P. Entregar si es posible antes de que cruce la calle.


Claro que me gusta hacer otras cosas aparte de sentarme a ver películas. Me encanta mirar el parabrisas de los autos, comprarme tiras de burbusoda, recorrer los pasos a desnivel de Tlalpan.

Mira, los Turno 1440 se dedican a escribir sus penas en los blogs. Cada uno a su modo proclama su estado emo. Para mí son un refugio. Las horas con ellos son una confirmación de que la felicidad no es un baile lento e interminable.

Mi trabajo está mal, la consecuencia del odio hacia mi jefe. Encuentro salvación en las fotografías que pegué en uno de los muros. Allí Moro, allí la Pizarnik.

Quiero saber cosas tuyas. Desde que nos separamos ¿qué has hecho? ¿Lograste ser el hombre que tus padres querían? ¿Cumpliste las expectativas?

A estas alturas sabes que soy el bateador que siempre espera su turno y que por innumerables razones nunca puede enfrentarse al pitcher.


JP
 
La libertad está en otra parte/ aquí sólo veo destierro Lear, Shakespeare, (tr. Nicanor Parra)