A Carlos no lo veo desde que la abuela murió. Mi padre dice que radica en Baja California; está casado y tiene dos hijos. Se recibió de chef. Tantas horas encerrados en esas paredes, tantos días enajenados para terminar así: los dos con familia, siendo lo que en la adolescencia odiábamos. Me lo imagino con el uniforme implacable, con el pelo engominado y con esas malditas pecas en el rostro. No creo que siga con el cuerpo larguirucho y enclenque. No creo que sirva de nada recuperar las tardes que pasamos releyendo revistas, escuchando discos que repetíamos incesantes. Buscábamos en la monotonía nuestra identidad.
En realidad de la adolescencia no frecuento a nadie. A veces los recuerdos encarnan, pero no creo posible el diálogo con el pasado. Incluso estas cartas son únicamente una apuesta por el monólogo. Tú me enseñaste ese verso que aún me hace rabiar: quien habla a solas espera hablar a Dios un día.
La última separación ha terminado en el aspecto legal. Por momentos la extraño, extraño lo que hacíamos juntos, lo que difícilmente disfrutaré con alguien más.
Leo a Teillier y sigo odiando la televisión.
Espero tu pronta respuesta.
JP

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