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12.2.08

El cel lluent d'estiu el travessaven les bales negres de les orenetes



REFUGIOS
He conservado pocos: uno de ellos
es el recuerdo de aquellas mañanas
de un invierno en Girona con las calles
cubiertas de nieve.
El humo de la estufa comenzaba
lentamente a escribir un poema futuro.
Guardo pocos refugios: los olores
que fui coleccionando al recoger del suelo
los paquetes vacíos de tabaco,
aquel mítico rubio que traía
un perfume de nombres de películas.

Una fotografía de mi padre sonriente
mirando con franqueza hacia la cámara.
Yo cesé de escucharle. Él cesó
de hablar y de escuchar.
Me dejó una sonrisa, justo esa
de la fotografía.
Me basta así para no ser un huérfano.


DE LA SOLEDAD
Mientras paseo por un mercadillo,
pienso que, cuando pongo mi frío entre los versos,
soy como un antropólogo,
que busca rescatar como trofeos
vestigios del pasado.
Que, pongamos por caso, me propongo salvar
aquel día de otoño cuando te conocí,
o mi primera cúpula de hierro,
o el instante en que vimos morir a nuestra hija.
Cerca del mercadillo, en un solar,
entre los plásticos que arrastra el viento,
un trapero vacía su vieja camioneta
cargada de trofeos desgastados:
copas, bandejas con una inscripción,
figuras detenidas en actitud retórica.
Me detengo ante tanta sordidez.
El hombre los extiende en torno suyo.
La vida está forjada con metales innobles
que han perdido su brillo.
Pero ninguno de ellos envejece
de forma más indigna que un trofeo.


RECUENTO
Nuestra hija es la angustia por el paso del tiempo
que, despacio, va helándonos la vida.
Ahora su objetivo no es amar
ni ser amada, sino ser el polvo
de una materia gris y sin sentido.


Joan Margarit, Cáculo de estructuras. Visor, 2005.

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La libertad está en otra parte/ aquí sólo veo destierro Lear, Shakespeare, (tr. Nicanor Parra)