
Quizá en eso consistía ser adolescente: por un lado me dolía sentirlos a todos tan lejanos pero, por otro lado, el que más se alejaba era yo. Necesitaba escapar pero no tenía con quién ni hacia dónde.
La gente cree que uno deja de ver a sus viejos amigos o novias o colegas o parientes, porque ya no tiene mucho en común con ellos. Pero no es por eso. Uno los deja de ver, les rehuye, porque te recuerdan una época que no deseas recordar.
Un terremoto, un dolor de muelas,
un perro rabioso, una llamada telefónica...
Y la paz de nuestra casa se desmorona
como un mazo de naipes.
Alberto Fuguet, Las películas de mi vida. Alfaguara, 2003.

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