
Estoy haciéndolo todo mal -dijo-. Creo que siempre lo he hecho mal. No sé cuándo empezó a ser así, pero... pero ya no me importa. Me gustaría ser otra persona. Pero sólo soy esto.
Clavó sus ojos en los de ella. En su interior, vio una honda comprensión, casi un sentimiento maternal.
Ella bajó del auto y se despidió con la mano. Él dobló la esquina buscando la salida a la avenida Universitaria. No podía contarle cosas a Gloria. Inespera y repentinamente, ella se había vuelto parte de la familia.
Santiago Roncagliolo, Pudor. Anagrama, 2005.

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