En el palco, J. Edgar Hoover se desembaraza de una página de revista que ha caído sobre su hombro, adhiriéndose a él. Al principio le irrita que el objeto haya entrado en contacto con su cuerpo. Luego, su mirada cae sobre la página. Es una reproducción en color de un cuadro atiborrado de figuras medievales agonizantes o muertas: un paisaje de desolación y ruina visionarias. Edgar nunca ha visto un cuadro como aquél. Cubre la página por completo y, sin duda, domina el contenido de la revista. Sobre la tierra rojiza y pardusca desfilan ejércitos de esqueletos. Hombres emplados en lanzas, colgados de horcas, clavados en ruedas de púas previmanete aseguradas en árboles desnudos, cuerpos abiertos por los cuervos. Legiones de muertos que forman tras escudos hechos de tapas de ataúdes. La muerte en persona a lomos de un jamelgo esquelético, en busca de sangre, la guadaña presta mientras acucia a aturdidas masas de gente en dirección a la entrada de quién sabe qué trampa mortal, una construcción extrañamente moderna que podría ser un túnel de metro o un pasillo de oficinas. Un fondo de cielos cenicientos y naves en llamas.
Don Delillo, Submundo. Circe, 2000.

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