A lo más alto del cerro/ un poeta se fue a llorar./ Lo confundieron con perro/ aunque no sabía ladrar. La función más alta (¿más que la de honrar el lenguaje?, preguntará alguno) de un escritor es dar testimonio de sus experiencias. Algunos recorreran el camino de la vanguardia (vanguardia, aquí, como sinónimo de lucha férrea con las palabras, con la expresión) y otros el de la tradición (el gozo de los ecos). Escuchemos estos versos y decidamos si pueden educar el oído y despabilar el seso: La bugambilia morada/ se pone blanca si llueve o La bandera es amarilla/ pero con la sombra roja. Ahora una mirada a estos: En mis manos hay un un toto/ queriendo su nido hacer./ Tengo el corazón tan roto/ y tanto por aprender,/ que si a tu cuerpo me froto/ sale humito de placer. Temas sobados y resobados pero ligeros y bruñidos: la nostalgia: Tu saliva es algo extraño,/ hoy la recuerdo a distancia, el amor: Me la mentarás por feo/ pero nunca por infiel o la pasión: No te quites los calzones/ para jugar en la cama.Pero las experiencias propias ¿realmente a quién le pertenecen? ¿No es nuestra biografía la historia de los otros? ¿No descubrimos las claves de nuestro interior en la sucesión de acontecimientos que observamos en los demás? Cantar los dramas ajenos para encontrar en las estrofas el rostro que nos pertenece: "El Viringa" Lo encontraron días después/ colgado de un arbolito./ Ya le faltaban los pies/ al ilustre chaparrito./ Los perros de San Andrés/ tiene muy buen apetito. "Crispiniana" Desde entonces su cabeza/ le dio vueltas en el cuello./ Su espalda se puso tiesa,/ perdió de raiz el cabello./ Seguido la metían presa/ pa' que encontrara resuello.// En el parque se dormía/ o debajo de algún puente./ Cuando nadie la veía/ se desnudaba en la fuente/ y sin parar se reía/ del pasado y del presente.
Mardonio Sinta, ¿Quién me quita lo cantado? UNAM, 2007.
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