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10.4.08

¿Sabes cuántas bocas tiene un judío?


Al Jorge Sosa.

Observaciones preliminares.
El sueño es el jardín del diablo y todos los sueños han sido soñados antaño en el mundo. Ahora solamente se intercambian con la realidad igualmente usada y gastada, lo mismo que la moneda de metal se cambia por carta de crédito, y viceversa.


Jázaros.
Un cronista árabe del siglo IX escribe: "·Un coetáneo mío, jázaro, me dijo recientemente una cosa extraña: "A nosotros los jázaros llega solamente una parte del futuro, la más dura e inaccesible, la más difícil de conquistar, así que debemos penetrarla de través, como protegiéndonos de un fuerte viento. Algunas veces inadvertidamente se extienden y nos bañan los pies, como un charco, los restos y los desechos del futuro, ya enmohecido y estropeado. Así llega hasta nosotros la parte más despiadada del futuro o bien un futuro consumido y desgastado de tanto uso, y nosotros no sabemos a quién, en esa redistribución caótica del futuro, le toca la parte más bella y todavía no mellada..."



Masudi, Yusuf.
Así también los hombres sin hijos mueren fácilmente, porque todas sus acciones ante la eternidad sólo son un único apagarse y además... en un instante. En resumen, las futuras muertes de los hijos se reflejan como en un espejo en las muertes de los padres, como una ley con efecto retrógrado. La muerte es lo único que se hereda al revés, contra la corriente del tiempo, pasa de los jóvenes a los viejos, del hijo al padre... los antepasados heredan la muerte de los descendientes, como una especie de nobleza. La célula hereditaria de la muerte, el escudo de la destrucción, va a contracorriente del tiempo, del futuro al pasado, y de este modo enlaza la muerte con el nacimiento, el tiempo con la eternidad, a Adán Ruhani consigo mismo.



Apéndice.
Seguí copiando los libros, pero en un momento sentí que tenía más palabras en la lengua que el autor del libro. Así comencé a añadir al texto que copiaba una palabra aquí, una allá, oración tras oración. Era martes y mis palabras esa primera noche eran un tanto agrias y duras bajo los dientes, pero las noches siguientes me di cuenta de que a medida que el otoño avanzaba, las palabras iban madurando día tras día, como frutas, haciéndose cada vez más dulces, carnosas y jugosas, llenas de un contenido que era al mismo tiempo agradable y vigorizador. Y la séptima noche, como si temiese que mi fruta madurase demasiado, cayese del árbol y se pudriera, añadí a la biografía de santa Paraskeva una página entera, que no existía en ninguno de los originales de los que transcribía. En lugar de descubrir mi delito, los monjes comenzaron a pedir con mayor frecuencia mis transcripciones y tomaban mis libros con aquellos agregados más a gusto que los de los otros copistas, que eran muchos en la garganta de Ovcar. Yo me animé y resolví ir hasta el final con el experimento. No sólo añadía otras historias a las biografías, sino que inventaba también nuevos ermitaños, añadía otros milagros y mis transcripciones comenzaron a venderse más caras que los propios originales. Poco a poco me fui dando cuenta del grandísimo poder que tenía en el tintero y que dejaba actuar a voluntad. Y entonces llegué a esta conclusión: cada escritor puede matar a su propio personaje en sólo dos líneas. En cambio, para matar a un lector, o sea a un ser humano de carne y hueso, basta transformarlo por un instante en el personaje de un libro, en el protagonista de una biografía. El resto es fácil.

Milorad Pavic, Diccionario jázaro. Anagrama, 1989.

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La libertad está en otra parte/ aquí sólo veo destierro Lear, Shakespeare, (tr. Nicanor Parra)