
Un chico de pelo negro
al borde del agua
ensimismado,
hasta que otro se acerca
y van a saltar sobre la luz con las tablitas.
Pero enseguida las dejan en la arena
y vuelven sin carga al mar.
Ahora vuelan,
poniendo el cuerpo duro sobre los lomos grises,
para quedar suspendidos cuando la ola pasa.
Y caer.
Bailan en la cresta, estiran los brazos
y sacuden los pies. La ola es partenaire.
Sienten miedo. "¿Si es un cangrejo
lo que me tocó la pierna?"
"¿Si es una aleta, la arista gris que brilla?"
"¡El mar, el mar
siempre vuelve a empezar!" (a dúo)
Y uno dice: "En un golfo me hundí,
las algas se movían al compás, igual
que en los dibujos animados,
rojas, azules, verdes."
La mujer recostada sobre la lona
prende un cigarrillo, las volutas sombrean
su "atención flotante".
Y ellos salen del agua
apretados a sus propios cuerpos
de un violeta distinto cada uno.
Roxana Páez, La indecisión. Erizo, 1999.

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