Image Hosted by ImageShack.us

19.2.08

Pero el alma también es una afable hija de puta no siempre de fiar


Cómo trabajé en mi primer empleo
con un hombre que se llamaba Sol.
Cincuenta años y pico, pero
chico de almacén igual que yo.
Había trabajado toda la vida
sin ascender nunca. Pero agradecía
tener trabajo, igual que yo.
Sabía todo lo que había
que saber sobre los productos de aquellos
grandes almacenes y estaba dispuesto
a enseñármelo. Yo tenía deiciseis años, trabajaba
por menos de un dólar a la hora. Adoraba
lo que era. Sol me enseñó
lo que sabía. Era paciente
aunque contribuyó el que yo aprendiera rápido.
El recuerdo más importante
de toda aquella época: abrir
las cajas de lencería femenina.
Bragas y cosas delicadas
de ese tipo. Las sacaba
de las cajas a puñados. Algo
suave y misterioso en esas cosas. Sol las llamaba
"liencería". "¿Liencería?"
¿Qué sabía yo? También las llamé
durante un tiempo,"liencería".




Si me quedo aquí, moriré. ¿Quieres que muera?
No hay respuesta a eso, ni a ninguna otra cosa
del mundo, esta mañana. El teléfono suena
y suena. No puedo acercarme a él por miedo
a oir mi nombre una vez más. El mismo nombre
al que mi padre respondió durante 53 años.
Anter de ir por su recompensa.
Murió justo después de decir: "Lleva esto
a la cocina, hijo".
La palabra hijo saliendo de sus labios.
Colgando en el aire para que todos la oigan.



Usar siempre el propio nombre
y número de teléfono. Pagar la fianza
de un amigo y que importe
un carajo que el amigo se largue de la ciudad.
Esperar, de hecho, como hace ella.
Dar algo de dinero
a la madre. Y a los
hijos y a su madre.
No ahorrar. Quiere
gastarlo antes de que se le acabe.
Comprar ropa con él.
Pagar alquiler y servicios.
Comprar comida, y luego poco más.
Salir a cener cuando le apetece.
¡Y queda bien
pedir algo que no esté en el menú!
Comprar drogas cuando quiera.
Comprar un coche. Y si se avería,
repararlo. O si no
comprar otro.




La familia entera sufría.
mi mujer, yo mismo, los dos niños, y la perra
cuyos cachorros nacieron muertos.
Nuestros asuntos, como siempre iban mal.
A mi mujer la dejó su amante,
el profesor de música manco que era
su único contacto con el mundo exterior.
Mi propia novia dijo que no podía aguantar
más, y volvió con su marido.
El agua estaba cortada.
Todo aquel verano la casa se cocía.
Los ciruelos se habían secado.
Nuestro arriate de flores estaba pisoteado.
Al coche se le estropearon los frenos, y la batería
fallaba. Los vecinos dejaron de hablarnos
y nos cerraron la puerta en las narices.
Los de las tiendas nos devolvían los cheques
y luego dejaron de traernos el correo.
Sólo el sheriff pasaba
de vez en cuendo -con uno u otro
de nuestros hijos en el asiento de atrás,
rogando que no los dejásemos solos.
Y luego a la casa entraron ratones a miles.
Seguidos por una serpiente cornuda. Mi mujer
se la encontró tomando el sol en el cuarto de estar
junto al televisor estropeado. Lo que hizo con ella
es otra cuestión. Le cortó la cabeza
allí mismo en el suelo.
Y luego la cortó en dos cuando siguió
retorciéndose. Vimos que no podríamos resistir
más. Estábamos hundidos.
Queríamos ponernos de rodillas
y decir perdónanos nuestros pecados, perdónanos
la vida. Pero era demasiado tarde.
Demasiado tarde. Nadie querría escuchar.
Tuvimos que ver cómo se venía abajo la casa,
el suelo se abría en dos, y luego
nos dispersamos en las cuatro direcciones.


Raymond Carver, Bajo una luz marina. Visor, 1990.

No hay comentarios:

 
La libertad está en otra parte/ aquí sólo veo destierro Lear, Shakespeare, (tr. Nicanor Parra)