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22.8.07

Nerval escribió al lado de un retrato suyo: "Yo soy el otro"


Todo esto me lleva a pensar en el primer lector de Joseph Conrad, que fue un rudo marino al que un día, en alta mar, el futuro escritor se atrevió a pasarle el manuscrito parcial de La locura de Almayer, su pirmer libro. Nadie en el mundo había leído a Conrad y éste decidió, en un arriesgado gesto, poner en manos de aquel marino el manuscrito y la decisión de si valía o no la pena que siguiera escribiendo. "Está bien, lo leeré mañana", dijo el marino, un tanto extrañado. Pero luego, al igual que Mutis, desapareció durante dos interminables días. "¿Y bién?", le preguntó temblando Conrad cuando le vio reaparecer. El marino tomó asiento en la litera del camarote y no se decidía a decir esta boca es mía. "Y bien, ¿merece la pena que acabe de escribir el libro?", insistió Conrad.

Le decía en una carta Franz Kafka a Felice Bauer: "En este sentido escribir es un sueño más profundo. Como la muerte. Del mismo modo que no se saca ni se puede sacar a un muerto de su sepultura, nadie podrá arrancarme por la noche de mi mesa de trabajo". Estas palabras de Kafka me trajeron ayer el recuerdo de Roberto Bolaño.

Enrique Vila-Matas, El viento ligero en Parma. Sexto piso, 2004.

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La libertad está en otra parte/ aquí sólo veo destierro Lear, Shakespeare, (tr. Nicanor Parra)