Aquella gélida noche de invierno, cuando el Pequod dirigió su proa vengativa contra las frías, malignas olas, ¿a quién vi ante la barra del timón, si no a Bulkington? Miré con reverencia y temor a ese hombre que, en pleno invierno, recién llegado de un peligroso viaje de cuatro años, era capaz de volver a lanzarse con tanta energía a otro período de tempestades. La tierra parecía quemarle los pies. Las cosas más maravillosas son siempre las inexpresables; los recuerdos profundos no autorizan epitafios; este capítulo de seis pulgadas es la tumba sin lápida Bulkington. Sólo diré que a Bulkington le ocurría lo mismo que a una nave sacudida por la tormenta, que avanza penosamente, frente a la costa a sotavento. El puerto está dispuesto a darle amparo; el puerto es misericordioso; en el puerto están la seguridad, la comodidad, el hogar, la cena, las tibias mantas, los amigos, todo lo que nos es grato a los mortales. pero en esa tempestad, el puerto, la tierra, es el peligro más cruel para la nave. La nave debe huir de toda hospitalidad. El menor choque con la tierra, aunque apenas rozara la quilla, la estremecería de un extremo al otro. Con todas sus fuerzas, despliega vientos que procuran llevarla hacia el hogar, busca la ausencia de tierra del mar turbulento y en pos de refugio, se precipita obstinadamente hacia el peligro: ¡su único amigo es su enemigo más feroz!Herman Melville, Moby Dick o la Ballena Blanca, Sudamericana, 1970.

No hay comentarios:
Publicar un comentario