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6.7.07

El pasado

En un sentido, cuando lo pensaba, la cocaína, en ese contexto, le parecía una redundancia. La droga, la verdadera droga era traducir: la verdadera sujeción, el anhelo, la promesa. Tal vez todo lo que Rímini sabía de la droga, ni mucho ni poco, pero completamente desproporcionado, sin duda, respecto de su condición de recién llegado, lo había aprendido traduciendo. Tal vez traducir había sido su escuela de droga. Porque ya antes, mucho antes de tomar cocaína por primera vez, en la adolescencia, cuando Rímini, los domingos soleados de primavera, mientras sus amigos ganaban las plazas, uniformados con los colores de sus equipos de fútbol favoritos, bajaba las persinas de su habitación, sintonizaba la radio en la estación que transmitía el partido más importante de la jornada y a oscuras, apenas iluminado por una lámpra de escritorio, en salto de cama, como un tuberculoso, literalmente arrasaba libros con su voracidad de traductor, los liquidaba pero al mimso tiempo se sometía a ellos, como si algo encerrado entre los pliegues de esas líneas lo llamara, lo obligara a comparecer ante ellas, a arrancarlas de una lengua y llevarlas hacia otras, ya entonces Rímini había descubierto hasta qué punto traducir no era una tarea libre, elegida sin apremios, en estado de discernimiento, sino una compulsión, la respuesta fatal a una orden, un mandato, una súplica alojadas en el corazón de un libro escrito en otra lengua.


Alan Pauls, El pasado. Anagrama, 2003.

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La libertad está en otra parte/ aquí sólo veo destierro Lear, Shakespeare, (tr. Nicanor Parra)