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12.6.07

Tú sabías que en mí estaba viva una semana santa terrible

Cuando la obsesión es el tema recurrente de un libro el rostro del autor está marcado por las cicatrices del deseo y la desesperación. Difícilmente existe un texto que logre un equilibrio expresivo sin antes haber cedido a los abismos de algún horizonte: voy hacia donde nada es necesario,/ donde el más entrañable compañero de viaje es la sombra. La odisea para conseguir una obra deber ser una entrega sin miramientos que orilla al escribano a un ascetismo que bajo un punto de vista práctico podría ser calificado de infantil: que no sea yo sueño ni consuelo/ y mucho menos paraíso. Incluso si avanza el caudal de palabras la felicidad, en vez de deuda se convertirá en un placer amargo porque transcribir lo dictado es un duro destino: Para otros se revela un misterio/ y los invade el silencio.../ Yo di con esto por casualidad/ y desde entonces ando como enferma. Los versos serán un huella de la devastación: bagazos de insomnio/ mechas carbonizadas de velas torcidas,/ toque de alba/ en cientos de campanarios blancos.../ abejas, melilotos, polvo, niebla y ardor. Porque el que decide el camino de la escritura sabe que no hay marcha atrás. Y en los casos extraordinarios donde la letra y el tiempo se conjugan, el autor intuye que el olvido es lo justo pues sabe cuán efímera es la memoria.


Anna Ajmátova, Soy vuestra voz. Hiperión, 2005.

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La libertad está en otra parte/ aquí sólo veo destierro Lear, Shakespeare, (tr. Nicanor Parra)