Cuando la obsesión es el tema recurrente de un libro el rostro del autor está marcado por las cicatrices del deseo y la desesperación. Difícilmente existe un texto que logre un equilibrio expresivo sin antes haber cedido a los abismos de algún horizonte: voy hacia donde nada es necesario,/ donde el más entrañable compañero de viaje es la sombra. La odisea para conseguir una obra deber ser una entrega sin miramientos que orilla al escribano a un ascetismo que bajo un punto de vista práctico podría ser calificado de infantil: que no sea yo sueño ni consuelo/ y mucho menos paraíso. Incluso si avanza el caudal de palabras la felicidad, en vez de deuda se convertirá en un placer amargo porque transcribir lo dictado es un duro destino: Para otros se revela un misterio/ y los invade el silencio.../ Yo di con esto por casualidad/ y desde entonces ando como enferma. Los versos serán un huella de la devastación: bagazos de insomnio/ mechas carbonizadas de velas torcidas,/ toque de alba/ en cientos de campanarios blancos.../ abejas, melilotos, polvo, niebla y ardor. Porque el que decide el camino de la escritura sabe que no hay marcha atrás. Y en los casos extraordinarios donde la letra y el tiempo se conjugan, el autor intuye que el olvido es lo justo pues sabe cuán efímera es la memoria.
Anna Ajmátova, Soy vuestra voz. Hiperión, 2005.

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