- Yo soy ciego. No traigo niños ni acompañantes.
El hombre intenta sujetarse del pasamanos. Empuja a una mujer que lleva a sus dos hijos.
-Soy ciego y desde hace catorce años me socorro vendiendo estos adornitos. No es que no quiera trabajar, señores. Lo que pasa es que la oscuridad de mis ojos me lo impide. No que uno sea un desobligado sino que la santísima trinidad lo pone en caminos inesperados, en senderos misteriosos. Por ejemplo yo: antes, cuando era joven como la mayoría de ustedes, veía, aún recuerdo lo hermoso que es observar el día, los restorantes, los semáforos. Pero ya ustedes se pueden dar cuenta, no lo valoré; preferí llevar una vida disipada, llena de vicios y placeres hasta que un accidente me arrebató la luz.
Un hombre le jala la manga del saco, quiere saber el precio de un prendedor verde.

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