Recuerdo de un texto de Kipling(o)
- Era el Jacinto el que venía por la tarde a pedir comida, tía.
- ¿Jacinto? De él no me acuerdo, Estela. ¿Cómo era?
- Era el que tenía un cinturón con latas. El que se ataba alrededor de la cintura unas quince o veinte latas de chiles y tocaba de puerta en puerta para ver quién le llenaba un botecito. Yo al Jacinto sí le daba con gusto, tía, porque sabía que no la iba a tirar o a dársela a los perros. Era un muchacho de esos altos, forzudo.
- Igual y nunca lo vi.
- ¿Cómo va ser que no lo conociera?, tía.
- Ya muchas cosas se me olvidan, Estela. Por más que quiero acordarme de cosas ya no puedo. Es como si mis recuerdos se fueran metiendo en el agua. Veo una figura pero no puedo recuperarla del todo.
- No se preocupe tía. A todos nos pasa. Fíjese que la otra vez intenté dar con el nombre de uno de los vecinos de hace mucho: ese muchacho que siempre estaba rojo, al que le decíamos el Camarón.
- De ese sí me acuerdo pero no porque fuera un muchacho bueno, si no porque siempre le temí. No sé, pero siempre que lo veía prefería meterme a la casa. Sólo una vez tuve que tratarlo: la vez en que su hijo se andaba muriendo, se lo llevaron a mi mamá, ya habían visitado muchos doctores y ninguno les daba respuesta. Mi mamá dijo este niño está empachado, mañana me lo traen a las ocho de la mañana y ellos le replicaron que cómo hasta mañana si ya les habían dicho que si no se apuraban el crío no pasaría la noche. Ya sabés como era mi madre, ni los escuchó. A mí cuando se fueron me pidió que fuera a buscar un puño tupidito de golondrinas.

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