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27.2.07

El mar: el otro naufragio

I
Un hombre observa el mar e intuye que tras esa imagen se yergue el desastre. Cuando el hombre sueña con el mar este es a veces una tremenda bestia dormida y melancólica que sueña futuras tormentas/ y naufragios.
II
Existe la imposibilidad de nombrar la raíz de nuestras obsesiones. Si acaso, con mucha suerte, se cifra la máscara, el nombre que las contiene. Este mar, como el pretexto más grande, sirve para revelarnos que la "realidad" siempre es otra, ya que nuestra percepción petrifica y falsifica: el mar:/ no se encuentra nunca/ ni siquiera en la memoria de aquellos/ que lo miran. Por el contrario es como el tiempo, como el devenir: cada instante te vas, /cada ola, / y no vuelves tú/ sino/ un simulacro:/ lo que vuelve es el agua/ de otro mar/ que ya nunca es el mismo.
III
La palabra a pesar de ser un instrumento deficiente aquí es el eje de la obsesión: Más allá del mar/ está otro mar/ que espera ser nombrado. Como si la materia que escapa requiriera la intervención del hombre, como si el bajel destrozado para situarse en el puerto necesitara una elegía. La palabra una máquina inmovilizadora, aun, por momentos, un obstáculo al tener como medio predilecto la definición: el calor, una espuma rijosa, lengua de la noche emboscada; la estrellas, apagadas vértebras del cielo; la carne, una hoguera elástica; el cuerpo amado y perseguido, inventario de flexibilidades, de vapores certeros, de pelos escondidos.
IV
Incluso la percepción se alcanza ya no por la vista (único sentido presente) sino a través del lenguaje: Pasa volando la palabra gaviota y Él siente su aleteo. Pero esta postura tiene una grieta: existe el desdén hacia la narración, lo que se presenta no es un devenir si no muestras de la ceniza. Como si contar una historia (en este caso la de Ella y la de Él) estuviera fuera de lo poético.
V
Los pasos del visitante es un libro donde encontramos poemas, el autor sabe cómo construirlos, conoce el peso de sus herramientas, el alcance de sus tonos. Los reseñistas escribirán ardorosos la aparición de: "una voz esencial en el panorama de la poesía joven latinoamericana e incluso hispanoamericana", "un poemario que coloca a Paniagua en la cumbre de la novísima poesía mexicana junto a Bravo Varela y de Pablo".
VI
Mas algunas intenciones quedan truncas. El intento de crear un cuerpo orgánico con los textos queda en un esbozo, pareciera que la intención de hacer una obra sinfónica sólo hubiera sido delineada: los temas y sus leitmotivs, las melodías, la orquestación aparecen pero el ensamble de las secciones, el crecimiento de las masas sonoras (en este caso el crecimiento de las masas de significado) es gris. Hay unidad mas no desarrollo, la visión no transcurre. Efectivamente es el recuerdo del caminar de un visitante, de un extranjero; alguien que sólo estuvo interesado en rescatar ciertas imágenes, no en ahondarlas. Quizá esta deficiencia se deba a que el autor ha decantado su lenguaje hasta la pureza, ha buscado antes que lo emotivo lo perfecto. Paniagua pareciera temeroso a no ser mentado Poeta, a no romper el diálogo con una tradicción que podría sepultarlo (Alberti, Gorostiza, Paz, por nombrar a tres), a no realizar poemas bien escritos (literatura que cumple con las normas de calidad vigentes, casi formuláicas). Paniagua estará cerca de la Poesía cuando rompa con todo: las tretas de cánones, el prestigio de la forma (llevar la asfixia de la forma al extremo o llevarla a un libro donde cada parte sea una respuesta), la armonía (no basta dominar un ritmo limpísimo, habrá que intentar todas las tesituras; no es cantante el que sólo controla el do de pecho como refería Alfonso Reyes). Paniagua estará cerca de la Poesía cuando sus versos sean relámpagos por donde bajen, descbocados, los caballos, ligeros e imprecisos, de la vida.
Luis Paniagua, Los pasos del visitante. UNAM, 2006.

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La libertad está en otra parte/ aquí sólo veo destierro Lear, Shakespeare, (tr. Nicanor Parra)